Salte la navegación

Ando leyendo El guardian entre el centeno mientras vuelvo en tren a Huelva, desde Granada. Me excusé con que tenía que echar unos papeles post-Erasmus para venir a Granada un par de días a despedirme de una amiga. Al final me he reliado aquí más de una semana entre fiestas: “¡Mañana nos pegamos una buena después de mi exámen!”, te dice uno, y luego el otro y el siguiente. Granada es una locura de ciudad y estoy convencido de que sería uno de los mejores sitios de Europa para irse de Erasmus. No sólo por la fiesta: la cultura, la estética, la mezcolanza…

En fin, fue esa amiga a la que iba a visitar quien me ha regalado el libro y me lo estoy bebiendo –lo había leido hace muchos años y no recordaba lo genial que era. Es precioso además cuando una mujer te regale un libro, especialmente si le gusta mucho. Al leer ese libro en un espacio tranquilo, como en la tarde que pasé el otro día sentado en el balcón flotando sobre los tejados de Granada, se manifiesta no sólo la significación para el autor y para el lector, sino la significación para ella imaginada por el lector, en una auténtica orgía semántica. También, al final, puede ser que esta atracción por los libros regalados por mujeres sea algo más estético que intelectual, o por un esteticismo intelectualoide, que es peor aún, pero no me digan que no es excitante. El caso es que en la página 132 del Guardian entre el centeno, Holden dice algo sobre Colón, Isabel y Fernando, y me he acordado de una anécdota estúpida que no querría que se me olvidase.

Era una tarde tarde en Turku que andaba con Frank y Alessander, dos camaradas de la Âbo Gröna Vänster –de la que ya os hablaré otro día, tal vez. Creo que era un día a finales de mayo o principios de junio que hacía muy buen tiempo; habíamos quedado para hacer una reunión al aire libre y cuando nos dispersamos Frank y Alex nos quedamos pendoleando por allí. Compramos cerveza y me costó convencerles de hacerlo al estilo español.

En Finlandia no existen las litronas, bajo el pretexto de que si uno se bebiera un litro de cerveza, casi la mitad estaría ya caliente y sin fuerza cuando la tragase. Les resulta imposible concebir que una litrona debe ser compartida y que pasará de mano en mano; que cada cual que se acerque a le reunión puede que traiga una, dos o ninguna y en general no se harán miramientos por quien paga o bebe más o menos. Ellos prefieren que cada cual se pague lo que bebe y asi el que quiera beber mucho o poco o una cosa u otra lo hace a su guasa. Es curioso, aunque sospecho que no del todo contradictorio, porque a nivel político los fineses son todo lo contrario: el estado del bienestar se encarga de todo. Mientras, a nivel personal tienen una concepción del individuo muy fuerte, pero no es un individualismo egoista, sino que ensalzan la independencia y el respeto por el mundo interior de cada uno. Es una concepción del individualismo cultural y no económica: se centra en que cada persona pueda viva sin coacciones e independiente, no en la idea de un derecho inalienable al enriquecimento. Es por eso, hipotizo, que cuidan más porque haya más servicios públicos y leyes más solidarias para que creen oportunidades para tódos y evitar que el débil no pueda realizarse como persona en un sentido completo y digno. Lo se, soy un pelota de los fineses y no es todo tan idílico, pero ya están ellos para quejarse de su país y en terminos relativos con España, impresiona su estado social y su honestidad a nivel personal.

Karhu de un litro en un super finés.

Aún así, ahora Karhu –mi cerveza finesa favorita— ha sacado latas de un litro que, a fin de cuentas, podían ser usadas como litronas, y son más baratas que las latas de 33cl que salen a casi 1€ cada una en el supermercado. Convencido de que del intercambio cultural puede emerger progreso social, les insté a compartir en lo pequeño también, al igual que trataría de que mis compatriotas compartan en lo grande. Compramos un par de super-latas para los tres y nos fuimos a sentar junto a la preciosa vera del río Aura, que por esas fechas está bordeado de hierba intensamente verde y flores de colores cálidos.

Debatimos un rato sobre temas probablemente interesantes hasta que nos hacercó un tipo. No tenía demasiada mala facha y hablaba con cierto puntillo de lucidez pero tenía el aliento etílico perdido y pronto se daba cuenta uno de que le contestaba concentrarse en las cosas. A penas se ven indigentes en Turku, pero alcohólicos un rato y este daba el perfil.

Primero el hombre no paraba de intentar conseguir que hablara Alex. El tipo no sabía inglés así que sobre todo Frank estaba haciendo de traductor de finés, pero él se empeñaba a veces en que hablara Alex en su lugar. Alex es muy tímido y en seguida le sudan las manos y se pone rojo al hablar, pero es muy sensible, creativo e inteligente y es muy agradable conversar con él. Le gusta la mucho la poesía y tiene ese ramalazo poeta por la apreciación estética de lo concreto, absurdo y tangencial. Así que a pesar de estar callado, realmente estaba fascinado con las locuras del hombre y sus puntos de vista dispersos y superficialmente contradictorios. De alguna forma creo que el borracho también le había calado a la primera y era muy fascinante ver a esas dos almas descubrirse mutuamente en unos códigos tan inusuales. Hace tiempo que en las noches de verano en Huelva, ciudad bastante psiquiátrica, aprendí también a apreciar e incluso admirar las conversaciones con los locos y al final estabamos todos bastante emocionados.

No recuerdo muy bien el objeto de la conversación, pero sí que el tipo se excitó enormemente cuando comprendió que yo era Español. No paró de reverenciarme e incluso me nombró rey de españa y me pidió la bendición o algo así. Lo más humillante es que no paró de alabar el descubrimiento de América. ¡Si América la descubrió un italiano y los españoles nos dedicamos nada más que a robarle el oro a los indios mientras les dábamos coscorrones con la biblia, por favor!. Yo intentaba explicarselo, pero no había manera. La verdad es que en aquel momento me pareció gracioso, y el tipo me dio a beber de su bebida, una variedad azul de estos vodkas fineses de sabores que aún no había probado. Acabé jugando a ser rey y dándole mi bendición a cambio. (Pero no deja de ser vergonzoso cada vez que te atribuyen la honra de logros ajenos con la excusa de pertenecer a cierta misma categoría arbitraria. Anda que no me han porculeado con lo de “Congratulations for the world cup”. Así de repente parece que soy mejor persona, madre mía.)

Aunque a parte de esta tontería no recuerdo mucho más de la conversación, estuvimos con el tipo hasta que nos fuimos del sitio.

Y al final, la fascinación esquizofrénica de aquel errante anónimo por el otrora imperio de España y la locura del personaje del libro que alguien tuvo la locura de regalarme, han conseguido devolverme la imagen de aquella colorida vera en aquella relajada tarde entre amigos. Es gracioso, ¿no fue precisamente ese Eramus de Rotterdam quien escribió aquello del Elogio a la Locura? Se me hace difícil creer que sea casual que esta beca nos vuelva un poco locos, aunque para bien.

{ Escrito el 11-9-10 a las 21.04 en el tren de Sevilla a Huelva. Efectivamente, ya volví de Finlandia, y mis promesas de más y más historias en el blog han demostrado ser más falsas que los billetes de 7 euros. Además, me he dado cuenta de que cada vez me da más vergüenza publicar cosas en Internet, así que no tengáis mucha fe en este blog. Aun así, intentaré darle algo de vida y contar más historias de lo que pasó este año.

La imágen de la Karhu está sacada de aquí.

El video, por cierto, es de “Alamaailman Vasarat” que viene a significar “Los martillos del Inframundo”. Califican sus sonidos como “música folk de un país imaginario”. Que locura, eh.}

Catedral de Turku.

Catedral de Turku, en un "raro día soleado" de finales de Noviembre. Está sacada del blog de una amigo que he encontrado de rebote mientras andaba tras la foto.

Buenos días son estos que corren, incluso por la tarde tarde. Las temperaturas y la radiación solar hacen del verde césped finés el lecho perfecto para el estudio. Así que al salir de la biblioteca decidí prolongar un poco el día –y también castigarme por mi procastinación– y prepararme un poco el examen que tengo mañana a la vera del río Aura junto a la catedral.

Estaba leyendo sobre la estructura biológica del oído y la vista y las características psico-perceptivas que permiten comprimir enormemente vídeo y sonido para beneficio de los cyber-corsarios, cuando se acercó un perrete. Era un pastor alemán, grande pero manso, que se dirigía curioso hacia mis apuntes. Como si la clasificación subjetiva de compresores multimedia o el principio de incertidumbre de Heisengber aplicado a la teoría de señales pudiera serle de interés. Su dueño tiró de la correa antes de que el perro pudiese tocarlos y dijo “sorry”, disculpándose por el comportamiento del can. Se ve que, de alguna forma, tengo tal cara de foráneo que me hablan directamente en Inglés hasta que ya casi hecho de menos a las viejas que te dicen “anteeksi”.

Sigo yo a lo mío, que si transformadas de Fourier y enmascaramiento frecuencial, cuando se me acerca otra vez el hombre. Quería pedirme permiso para sentarse con su esposa y su perro unos cinco metros detrás de mi, justificándose muy educadamente en que más lejos daba la sombra. Le contesté que por supuesto, era libre de sentarse dónde quisiera, que afortunadamente aquel era un lugar público. Él estaba preocupado por que me fuese molesto el perro, como si aquel manso animalillo que se retozaba bajo el sol pudiese serme acaso algún incordio; yo, por mi parte, no salía de mi asombro ante la extremada empatía y prudencia del finés.

Ya arrancado se puso a darme conversación; que si de dónde era, que si que estudio, que si cuanto tiempo iba a estar aquí y los típico de estas conversaciones. Incluso me comentó que por lo visto él no se quería sentar al sol, que era por su mujer y que su piel lechosa se llena de sarpullidos terribles con la luz solar, incluso a aquellas horas en las que el sol es menos vehemente.

Me disculpo así por aquel otro día en el que dibujaba unos fineses que sólo se abren etílicos. Finlandia está llena de gente de puta madre, y corren buenos días.

{ Escrito el 20 de Mayo de 2010 a las 10 y media de la noche. Aunque todavía es de día, queda un rato más.

Y sí, ha pasado la hostia de tiempo desde el último post. Eso es buena señal, no he tenido tiempo para aburrirme. Espero dentro de poco a escribir para recopilar, dentro de lo que la memoria –histórica y anecdótica– me permita, las andanzas por estas tierras tan peculiares.

Añadir que el video es del grupo Kives Kives formado por unos amigos que conocí en verano. Kives Kives significa “cojones cojones”, y si os ha gustado la música o el nombre podéis ver más en su MySpace.

Y aquí el blog del amigo que hizo la foto, que el Wordpess no deja poner enlaces en los pie de foto. }

Están un noruego, un sueco y un fines en una sauna, dispuestos a medir su hombría viendo cual de ellos tarda más en salir de la sauna.

En esto se encuentran cuando a los 20 minutos sale el Noruego:

- Buff… Lo siento chicos, esto es demasiado para mí.

Pasan 20 minutos más hasta que, sudado y rojo como un pollo, el sueco sale de la sauna:

- Dios mío, esto es el infierno, estos fineses están locos, no aguanto más.

Y pasan los minutos y hasta las horas y el finlandés sigue sin salir de la sauna. Los otros se preocupan a ver si ha muerto o algo y entran:

- Oye tío, que ya has ganado hace tiempo, puedes salir cuando quieras…

- Joder, si por mi fuese habría salido hace tiempo, ¡pero es que se me han quedado los huevos atrancados entre los tablones del asiento!

Juas…

Típica sauna finesa

Típica sauna finesa (Fuente: Wikipedia)

{ Respuesta al comentario de ayer de Anonima(ría) :) }

María, no te preocupes. Ya verás que te lo vas a pasar pipa.

Hace unas semanas estuvimos en un museo de artesanías. El sitio no eran gran cosa pero tenía el encanto de ser el lugar más antiguo de la ciudad, a pesar de tener sólo poco más de un siglo. No es que este sitio no tenga historia –es el burgo más antiguo de Finlandia– sino que los incendios azotan la ciudad de cuando en cuando purificando todo lo viejo. Ese sitio eran las casas de los pobres artesanos, que ironías de la vida, fueron las únicas que sobrevivieron en el último gran fuego. Ahora es un museo para guiris dónde te intentan vender lo que sea, desde un nudo marinero hasta portavelas hechos de alambre; un sitio de esos que nunca faltan en los paquetes de viajes y cuya única finalidad es sacarle los euretes a los turistas sedientos de souvenires.

Una guía intentaba justificar nuestra visita y animarnos al consumo contándonos elaboradamente la vida de sus antepasados. De sus anécdotas, me sorprendió que nos dijo que aquí en Finlandia ya existían las Erasmus hace más de un siglo (tal vez incluso desde hace dos o más), y se pagaba a los estudiantes locales para que se fuesen un par de años a hacer carrera por el mundo, aprendiendo las técnicas ajenas para importar después lo mejor de la ciencia foránea.

Fotografía tomada por mi amigo Alberto Villegas Erce en el Handycraft Museum. ¿No parece un cuadro barroco? ¿Barroco yo? ¡Barroco tú!

Fotaca tomada por Alberto Villegas Erce en el Handycraft Museum.

No pude evitar ensimismarme imaginándome las sensaciones que experimentaría uno de esos estudiantes. Intentaba concebir la perturbación del chaval, sentado en un carro de caballos o con suerte en un tren, con la inocencia inherente a los rostros pelirubios del norte despegándose de él en una expresión a la vez de pánico y aventura. Ese chaval llegaría a algún lugar en el que seguramente no habría veintemil jornadas de orientación, y para apañárselas, ante la inexistencia de una lengua franca (o imperial) como el inglés tendría que intentar chapurrear la lengua nativa o gesticular como Jim Carrie para no perderse en la burocracia local -en su defensa, también hay que tener en cuenta que la burocracia sigue una progresión lineal en nuestras sociedades cada vez más controladas y sistematizadas. Para más inri, el finés es un idioma tan raro que aprender otras lenguas es para ellos muy difícil y todo les suena a chino.

Pero imagina, María, lo que él echaría de menos a sus amigos, a su familia. Ese chaval se pasaría varios años sin ver a sus padres ni a sus amigos. Como mucho y con mucha suerte, recibiría muy de cuando en cuando una carta que resumiese los acontecimientos más importantes y las añoranzas más profundas. Si la epístola no se perdía pasando de mano en mano entre el mercader que llevaba las cosas de una ciudad a otra o algún soldado de la guerra de un país intermedio. Ni siquiera podría volver a casa por navidad; y cuando mirase al horizonte no tendría la sensación de que tras la doblez del globo está su casa sino que hay un abismo espacial, temporal y emocional que lo separa de todo. Adaptarse o morir. Tanto, que eran muchos los que se quedaban fuera y sus familias tendrían que devolver el dinero al gobierno, porque el plan era que aprendiesen para mejorar su propio país, no que se despidiesen para siempre…

Conozco a gente que la mañana que salían para su Erasmus se la han pasado vomitando por los nervios. Otros te cuentan como los primeros días se los pasan llorando incapaces de soportar la añoranza y el miedo a lo desconocido. Pero en un par de días se pasa. Piensa en ese chaval finlandés de hace un siglo y en que yo (o tú en unos días, horas, minutos…), en el siglo XXI, cuando llego a casa todos los días abro el ordenador y se me aparece inevitablemente una ventanita en el messenger en la que mi madre me interroga por todos mis pormenores -qué has comido, has tenido clase hoy, bla bla bla. Desde luego, la madre de ese finesito no tendría la ventaja de poder recordarle a su hijo todos los días que tome fruta y se abirgue bién. Después, mis amigos me contarán que tál les va a ellos, si han estado haciendo exámenes, si apuran sus vacaciones, si están preparando sus Erasmus… y yo les cuento como son las cosas por aquí. Luego puedo abrir el Facebook o el Tuenti y ver si el último fin de semana se les desfiguró el careto en alguna cogorza o si se quedaron en casa aburridos en haciendo el test de “¿Qué marca de yogurt eres?” o buscando “Su frase del día de Belén Esteban”. Me extrañaba también cuando llegué la gran cantidad de Erasmus que vienen con novio/a, pero las distancias parece que no son tanto si te puedes pasar las horas muertas en el Skype. Se de alguna que “ve la tele con su novio”, es decir, se ponen el mismo capítulo de alguna serie los dos y dejan sus ventanitas de videoconferencia abiertas para verse los caretos durante el show… Los más atrevidos incluso pueden practicar “sexo” (enfacísense las comillas) con consolodares USB tele-dirijos por su pareja. Y al final todos los problemas se solucionan con la ubicuidad del móvil o el dinero etéreo de la terjeta de débito.

Gracias a hijos de puta como yo (que mi madre, que por supuesto también lee el blog, me perdone la metáfora), nuestro planeta Tierra ha pasado de ser un inmenso espacio plano rodeado por monstruos y abismos para luego ser una gran esfera sondeable sólo por temerarios aventureros para al fin ser, ahora, un punto, equidistante de cualquier parte de si mismo; para perder toda su dimensionalidad espacial en una vasta red de ordenadores que conectan nuestras vidas independiemente de la geometría de las existencias…

Así que, Erasmus del mundo, no tengáis miedo. Puedes intentar escapar todo lo que quieras, recorrer mares y desiertos o perderte en la selva; pero incluso aunque aborrezcas la troposfera y huyas del planeta, cuando se te escapen las lagrimillas sentado en el borde de un cráter lunar, siempre podrás descolgar el teléfono y decir “Huston, tenemos un problema: te echo de menos.”

{ Escrito el 17 de Septiembre de 2009 en Algorithms for Computer Games.  La clase, aunque no lo parezca, es muy interesante.

PD: ¡A que la foto de Alberto parece un cuadro barroco! ¿Barroco yo? ¡Barroco tú! }

{ El video en sí es intrascendente. Usadlo sólo de banda sonora, estaba escuchando este disco por primera vez mientras escribía el post y me he quedado enamorado de él. }

[http://www.youtube.com/watch?v=xS5F2ThPmPA]

Tic, tac…

Sentado en una silla, rodeado de otras dieciocho personas que se esfuerzan en repetir frases en sueco, contemplo la pesada y casi incansable procesión del segundero del reloj que pende sobre la pared.

Tic, tac. Una vez más, la manecilla se mueve, saltando desde un segundo n hastra otro n+1. Nos esforzamos en discretizar el tiempo pero eso no alivia el tremendo aburrimiento que siento en el continuo que llena mi espacio entre ese n y ese n+1. Tengo la vaga creencia de que nuestra mente es incapaz de concebir el continuo y es por eso que cuantificamos todo el espacio-tiempo que nos rodea, asignando números mensurables a algunos puntos en un vano intento por escapar de todo lo demás. La alevosía intelectual de algunos matemáticos les lleva a afirmar que ellos sí lo entienden y hasta le ponen nombres como números reales (si es que acaso un número puede ser más real que un unicornio o Peter Griffin). Pero al final resumen su ignorancia en siete axiomas y algunas reglas de inferencia, reglas y axiomas discretos, y más aún, finitos, de dónde deducirán un número mayor pero discreto y finito también de teoremas, lemas y colorarios.

No podemos comprender el continuo y está ahí la radicalidad de nuestro miedo a la existencia, a ese espacio incogniscible que llena lo que hay entre el nacer y el morir, que es la vida. Tal vez por eso mi generación se esfuerza en discretizar la vida en instantes fotografiados con los que crear galerías de vivencias que vender en los mercados de la vida de Facebook o Tuenti… El hombre producto del futuro está compuesto por piezas vitales numerables y cuantificables. A veces me resigno ante la imposibilidad de entender la vida y sólo creo que puede vivirse, sentirse, compartirse… y he dejado de hacer fotografías en mis viajes porque ninguna composición de instantes puede representar los continuos que llenaron el pasado. También por la postura pragmática y parasitaria de quien se conforma copiarse las fotos que ya toman de todo todos los demás. Al fin y al cabo, también puede entenderse que escribir no es más que hacer una instantánea del pensamiento; y que ahora, como a cualquier otro, se me impone la pulsión de dividir la vida ya sea en píxeles coloreados o en palabras, puntos y comas.

Tic, Tac..

En algún momento dejaré de mirar el reloj. Tal vez la profesora rompa mi obnubulación jaleándome con un ensordecedor “Var aktiv!”. O tal vez me ensimisme en algún cielo despejado que haya tras la ventana, compadeciéndome de mi mismo por como pierdo los pocos días de buen tiempo que hay aquí entre “Hur är det”s y “Tack, bra!”s. Tal vez, como un preso autoinculpado, me imagine que a base de penetrar las paredes con mi mirada pueda abrir un agujero que me lleve al cómodo sofá del hall que tan placenteras mini-siestas me proporciona en los descansos; o si tengo hambre, que me lleve a la cafetería del edificio en la que sirven un más que aceptable menú por sólo 2.60€ -algo barato tendría que haber aquí. Uno se sorprende a sí mismo en el extrangero al ver como a las doce de la mañana puede estar ya dispuesto a devorar todo lo que le echen, siempre acompañado con patatas cocidas o arroz y ensalada al gusto. O tal vez me dedique a lamer con mi mirada los ojos de los otros que cierran el círculo de pupitres, en busca de alguna sonrisa, un guiño, que revele compasión y complicidad, colectivizando así mi aburrimiento. Aunque tengo que ser cauteloso con la mirada, que Rafa me comentó en un descanso que a veces se preguntaba “si me debía dinero o algo” cuando la ironía del universo ponía su cabeza un buen rato entre mis ojos y el infinito.

Aunque no dudo de la buena fe de la profesora, suggestopedista proselitista, cuando nos intenta convencer la eficacia de sus métodos, por muchas canciones que cantemos y muchos juegos que juguemos, estar encerrado en una habitación de 9.30 a 15.00 de lunes a viernes haciendo lo mismo es un sopor. Y el sueco sigue sin entrarme en la cabeza.

Pero he aprobado el exámen y ahora, como buena prostituta académica, obtengo la recompensa de estar cinco créditos más cerca del título de Ingeniero.

Tic, tac..

Siestecita en un descanso del curso de sueco del EILC.

Siestecita en un descanso del curso de sueco del EILC.

{ Escrito el 31 de Agosto de 2009, en la torre de madera desde la que se ve el mar.

PD: Releyendo el artículo al transcribirlo en el PC me he dado cuenta de puede ser desalentador para un futuro Erasmus que se plantee si matricularse en el EILC, violando así la función inicial de este blog de documentar el proceso de erasmus para otros estudiantes. Aunque me aburriese un poco a veces en clase, recomiendo encarecidamente asistir al curso EILC a todo Erasmus que vaya a un país en el que lo oferten. Es una gran experiencia, te permite situarte con tiempo, hacer amigos, y descubrir todo el país con más sosiego y progresividad que en la vorágine que se forma aquí los primeros días de Septiembre. }

Desde esta pequeña Torre de Babel, rodeado de lenguajes extraños, a menudo añoro, tal vez por puro chovinismo, la geometría, la consistencia y la expresividad de mi lengua madre. A veces, incluso, recuerdo el orgullo con la que mis profesores hablaban de Antonio de Nebrija, ese andaluz que aunque cometió el error de nacer en Sevilla escribió la primera gramática castellana justo en los tiempos en que otros descubrían a América. (Aunque el término “descubrir América” rezuma demasiado eurocentrismo). Es por eso que nuestra lengua es la primera de las lenguas romances con gramática, y es por eso, tal vez, que goza de una simetría y armonía envidiables…

Pero no sólo es admirable el castellano oficialista y riguroso, sino también sus desviaciones populares; el español regional, de barrio, que enriquece nuestro vocabulario con nuevas formas de concebir emanadas de la experiencia diaría, de la necesidad de expresar la vida, independientemente de la academia. Una de esas bellas palabras, que irradia gracia andaluza en toda su connatividad y polisemia, es la palabra saborío. Aunque no está, ni estará, en los lexicones oficiales, podemos jugar a imaginar que sí:

saborío, a.

1. adj – Dícese de la persona falta de gracia y que, bien por introversión o misantropía, se muestra asocial y tosco para con los demás.

Este adjetivo, cuyo recorrido etimológico pasa desde desaborido -soso, sin sabor- hasta su forma actual gracias a las alegres peripecias del habla andaluza, la podemos usar a discreción contra los fineses como colectivo. Los finlandeses, sí, son unos saboríos.

~

Una primera inmersión superficial en Finlandia puede dejar estupefacto a cualquier latino acostumbrado a la chachara intrascendente y la conversación casual. Esas cosas no pasan aquí, nunca. Los fineses pueden parecer fríos, introvertidos, incluso maleducados en su timidez. Pedazos de hielo pelirubios en los que es imposible penetrar.

Pero los fineses son conscientes de ello y es por eso que nada más llegar aquí todo el mundo te advierte de ello. Tiina me decía que, tras tres años viviendo en España, se le hacía muy extraño el no saludar a tus vecinos cuando te cruzas con ellos. Ni hola, ni buenos días -nada, así son las cosas aquí. En el curso de Sueco también hemos tenido alguna clase dedicada a debatir sobre la cultura finlandesa, y por supuesto el peculiar caracter finés era uno de los puntos principales. Y es que no debemos cometer el error de prejuzgar a los fineses por su carácter o realizar juicios de valor al respecto, al contrario, la introversión es aquí algo tan generalizado, colectivo y aceptado durante generaciones que debe entenderse como parte de su cultura. Es por esto que, en un afán academicista, me he propuesto introducir el término saboritismo cultural.

El saboritismo cultural se da cuando todas las relaciones sociales de un vasto grupo de personas -como una nación- están constreñidas por el caracter saborío heredado culturalmente en todos sus habitantes. El saboritismo cultural domina la vida pública finesa y es el regidor de costumbres y reglas sociales. Habrá ejemplos que os parecerán tremendamente chocantes: en esta tierra es considerado mala educación sentarse junto a alguien en un autobús si hay otros sitios libres que estén solos. Si no actúas así, el finés comenzará a estudiar todas las connotaciones posibles de tu acción y desatarás su preocupación. ¿Por qué has querido sentarte junto a él y no solo? ¿Quieres flirtear con él? ¿Tiene monos en la cara? Los fineses hablan poco y cuando lo hacen miden cautelosamente sus palabras en busca de la precisión pero también la sinceridad: say what you mean, mean what you say. De hecho, los fineses son tan conscientes de su forma de ser que incluso bromean sobre ello y en el curso pudimos varias viñetas que hablaban sobre el tema, aunque no he sido capaz de encontrar ninguna en Internet.

{ Algunos lectores se han quejado de lo largos que son mis artículos, os dejo un vídeo musical de regalo para amenizar la lectura, que a lo de hoy aún le queda un rato. Disculpen mi retórica. }

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El primer viernes del curso salimos con ganas de descubrir los secretos de la noche de este mundo tan nuevo. Aquella tarde yo me había preocupado ya por investigar los garitos underground de la ciudad, buscando referencias punkis en los carteles de las calles. Pina, una simpática y guapa alemana que vive también en Päivänpaiste y Alberto, ese gran granadino que también estudia informática, decidieron acompañarme a un concierto que había en un antro llamado S-Osis. Tomamos unas cuantas birras. Mientras, escuchamos primero un grupo de heavy del chungo, jarkor del bueno, con una batería retronante, alaridos y guitarras con mucha distorsión -recuerdo especialmente un pasaje en el que el guitarra se entretenía girando los botones de un aparato que tenía para añadir distorsión adicional a la gitarra mientras gemía, y que me evocaba al duro invierno finlandes, con el viento y la nieve cortandote la cara como cuchillos de frío. Supimos que en un cartelito en la entrada del concierto había un mensaje en finlandés que por lo visto significaba “La noche de los cipotes” o algo así, en alegoría a la dureza del rock de aquella noche, os podéis imaginar de que iba el asunto.

Pero el grupo que mejor tocó aquella noche fue Sydän Sydän, que significa Corazón Corazón en la lengua de Cervantes. Por lo visto son famosetes en los circulos alternativillos de Finlandia, y la verdad es que hicieron un rock con tintes progresivos muy original que me sorprendió enormemente. Los tíos eran unos autenticos pintas, el guitarra iba en pelota picá, otro vestido de ciclista, otro con ropa de niño… El video con el que os he entretenido antes era de este grupo, aunque yo creo que en directo suenan mucho mejor y son tremendamente divertidos.

Pronto nos dimos cuenta de los efectos del saboritismo cultural: mientras el frenesí de los marcados ritmos de batería invitaban a bailar un pogo furioso y enérgico, los finlandeses allí presentes permanecían inmóviles, con el rostro serio, como troncos pegadosl a suelo del bar. Algún atrevido balanceaba un poco la cabeza al ritmo de la música. Si cambiamos las camisas negras por esmóquines y las pulseras de pinchos por monóculos, aquella sería la audiencia perfecta para un aburguesado y aburrido concierto de ópera. Muchos, incluso, llevaban unos extraños tapones en los oídos -los ví también en el concierto de Kraftwerk- que supongo que los usan porque les molesta el ruido. No entiendo para qué se ponen a tres metros del escenario en un concierto de heavy metal, si luego llevan tapones. Ellos sabrán, los saboríos.

Pero no todos los finlandeses parecían tan sosos; algunos incluso bailaron un poco durante el concierto de Sydän Sydän. Durante los conciertos concimos también a una finlandesesa muy maja. Cuando están de fiesta, los finlandeses beben, y mucho, como cosacos, más incluso que los ingleses, que ya es decir. Y es por eso que se vuelven habladores y se animan a establecer conversación con desconocidos. Cuando acabó el concierto, esta chica nos invitó a quedar con ella y sus amigos en otro bareto, un tal Bremer; ellos iban en bicicleta, como todo el mundo aquí, y ya nos veríamos allí. Mis amigos del curso de sueco tenían que irse porque bien estaban cansados o dependían del autobús, así que me aventuré a ir sólo al otro bar.

Estaba animado: ¡conocía finlandeses! Pero la euforia pronto se desvaneció.

Exhausto por subir y bajar varias veces las pocas cuestas que tiene la ciudad porque no sabía bien como llegar al sitio, cuando lo alcancé estaba cerrado. No era el único indignado, en la puerta había unos chavales (dos chicos y una chica) que la aporreaban. Aquí los sitios cierran a las tres, algunos a las cuatro, ¡pero aún eran las dos! Hablé con ellos un rato y ellos parecían estar tan fascinados por mi gracia a la hora de decir kiitos y que fuese español como yo por conocer a nativos. Me invitaron a ir con ellos a otro sitio. Era un pub muy ambientado en la estética rockabilly, con tipos con tupé un chupa de seguratas y Chevrolets descapotables aparcados en la puerta. Recuerdo que me impresionó una rubia que había en el bar, alta y rubia como la más nórdica pero que parecía sacada de Grease por su peinado y vestido. Por lo visto en ese sitio hacen concursos de imitadores de Elvis de vez en cuando. De nuevo estaba muy animado porque estos nuevos chicos eran muy amables y simpáticos conmigo.

Cuando chaparon el sitio yo esperaba que nos despidiésemos y acabase mi aventura, pero Tomas, uno de los chicos, propuso ir a su casa para que continuásemos allí de fiesta los cuatro un rato.  A pesar de su amabilidad debo admitir que no eran especialmente habladores, pero yo llenaba los silencios incómodos con piropos a Finlandia, algo que siempre arranca sonrisas a los nativos. En su piso pasamos un buen rato y hasta bebí su cerveza y comí sus snacks a la vez que teníamos una enriquecedora conversación entre culturas. “Singular hospitalidad”, como quien dice. Pasaron varias horas y tuve que irme a disfrutar viendo amanecer sobre la bicicleta, vuelta a casa, con la fresca matutina. Pero antes de marchar incluso les dejé mi email… ¡ya había hecho amigos finlandeses!

Pues no parecen tan saboríos, al fin y al cabo…

~

Pero si os cuento esta (larga y pesada) historia es para ofrecer evidencias empíricas de mi tesis sobre el saboritismo cultural finlandés, no refutarla. El estereotipo finlandés se impuso: si bien durante la noche el finés puede parecer amistoso y locuaz, al día siguiente la resaca le llevará a ser doblemente cerrado y hosco.

Caminaba yo felizmente por el centro de la ciudad, saboreando las radiaciones de un sol que poco durará, y animado por lo bien que me lo había pasado la noche anterior, cuando me encontré con Tomas, el chico hospitalario que me ofreció lugar, conversación y cerveza. Excitado por la casualidad le saludé enérgicamente. ¡Hey hey! ¡Hey hey!

No obtuve respuesta. Intenté creer que no me había visto así que me coloqué justo a su lado y le pregunté si se acordaba de mí. Do you remember me? Tomas giró la cabeza con el rostro totalmente inexpresivo, como un auténtico Terminator, y me contestó: Yes. Con la precisión y linealidad de un robot movido por servomotores giró la cabeza de nuevo, y ahí terminó la conversación. ¡Zas, en toda la boca!

Aunque las comparaciones son odiosas, se me hace imposible imaginar que en España alguien invite a su casa a alguien, le de bebida y alimento, y al día siguiente ni le dirija la palabra. Aunque no quieras aguantar más a esa persona, le ofrecerías una conversación efímera por cortesía y acabarías el diálogo con alguna excusa y una sonrisa. Aquí eso no existe: si no quieres hablar con alguien, no lo haces. La amistsidad dura tanto como el alcohol en la sangre. Pero no debemos juzgar a nadie, sino ser rigurosos y científicos. Esta experiencia no es un símbolo de la mala educación o la descortesía de los finlandeses sino la constatación de un fenómenos sociológico: el saboritismo cultural.

{ Escrito en Päivänpaiste, entre la noche del 27 de Agosto de 2009 y la tarde del día siguiente. }

El otro día fuí con mi amiga Tiina, que se enfrentó a sus problemas problemas de alergia, para asistir al concierto en Helsinki que abría el Flow Festival. Irónicamente situado en un bello espacio industrial junto a una central eléctrica, tuve el placer de bailar sobre los “tum tum” geómetricos de la electrónica cubista de Kraftwerk. Temas de ambiguo anti-comunismo como “We are the robots”, o que satirizan la iconoclastia y el progresismo capitalista como “Dans model” o “Computer love”. Debo decir, para los profanos, que esta banda de la Alemania occidental revolucionó en los setenta, empezando con rock progresivo que, según sustituyeron los instrumentos mecánicos por los sintetizadores, definió las bases del sonido de la música electrónica tal y como la conocemos y ha influido en numerosos estilos musicales.

Os dejo un video del concierto que he encontrado en Youtube, aunque os recomiendo que busquéis otros de más calidad para conocer su música.

Pero no sólo me agradó el concierto de Kraftwerk -que en realidad, si te quieres ahorrar el dinero, puedes más o menos escuchar en su álbum “Maximum-Minimun”- sino que me sorprendió muy gratamente el concierto de los teloneros.

Sobre el escenario había una orquesta de tipos con smoking, en la que un TB-707 dirigía un coro de 10 sintetizadores TB-303, ese instrumento que pasó de ser en los ochenta un producto fracasado como bajo artificial para acompañar a la guitarra de practicantes solitarios, a un mito de la música electrónica de los noventa. Empezaron extrayendo sugerentes ruidos experimentales de sus artilugios mientras proyectaban imágenes psicodélicas (con la carita sonriente emblema de la música acid) para acabar desarrollando un acid muy sugerente, estilo al que me aficioné hace un año de la mano del gran Luke Vibert y los últimos álbumes de Aphex Twin. Os dejo otro video de esta banda peculiar, la Acid Symphonic Orchestra.

Es una pena que no me haya podido quedar al resto del Flow Festival, especialmente por el concierto de Yann Tiersen. Tiina trabaja allí y dice que está muy bien el festival, y que a pesar de su magnitud mantiene cierto compromiso ecólogico y social. Aún así, el fin de semana ha merecido la pena, ya os contaré que hicimos en otro episodio.

Buenas noches.

{ Escrito en Paivanpaiste el 19 de Agosto de 2009 a la 1 de la madrugada. }

Tenía que hacerlo. Llevaba varios días de confusión, llendo a un curso de sueco psicotrópico y relacionándome con otros Erasmus en la misma situación de caos geovital. Era hora de encontrar un camino.

Bajo la luna llena, el mar. Tras de mi una tenue neblina muy baja cubre una parca marisma que había cruzado sobre un camino de tablones endebles. Sólo tenía una intuición geográfica para llegar allí y en la desorientación espesura de la noche, aliviada por la claridad del satélite de las pasiones licántropas, el alma estaba más orientado que nunca. Sentado sobre una torreta de madera podía ver al otro lado del agua los reflejos de las luces de hogares ajenos, aderezados con los sonidos de patos insomnes y tal vez algún vehículo de la (¿no tan?) lejana civilización. No se como pero llegué, al mar.

Buenas noches.

{ Escrito el 6 de Agosto de 2009 en Päivänpäiste a las 2 y pico de la madrugada }

Podemos decir, siguiendo la discusión de ayer, que la hospitalidad es una de esas cosas que encajan en los puntos de singularidad del sistema, las esquinas no-decidibles de sus ecuaciones de pretenciosa vocación universalista.

Hoy he dormido apaciblemente en casa de una amiga finesa y su novio. La conocía porque ella estuvo en Granada hace un año o dos y además es socióloga, peculiar casta de científicos de la estupidez humana colectiva con los que tengo el placer de juntarme bastante. De hecho, esta chica no sólo ha estado en España, sino que es mujer de mundo y también ha estudiado en Italia o en Holanda, país este último del que alaba su sistema educativo. Es una chica pelirroja muy enérgica, simpática y extrovertida, algo que presumo atípico en esta tierra por los tópicos que ellos mismos han alimentado. Su novio en cambio es un trabajador manual fordista, que se esloma en una fábrica a la antigua usanza ensamblando aparatos de aire acondicionado- un hombre de los que ya no quedan; que su humildad profesional no le impide dedicarse a la erudicción en su esparcimiento: le gusta mucho leer sobre biología (lo cual le lleva a tener curiosos retos intelectuales con su parienta), sobre la historia de las religiones y también la música, toca en un grupo de rock alternativo con tintes poperos y en otro de punk patatero.

Por la noche estuvimos un buen rato compartiendo una cerveza finesa y arreglando el mundo desde el sofa, con lo que pude formarme los primeros (¿pre?) juicios sobre este país e, inevitablemente, también compararlo con la tierra que dejé ayer mismo.

Decían mis amables anfitriones que la derecha, en los dos años que lleva en el poder, se está cargando el sistema público finés y que son, en fin, unos fucking capitalists. Precisamente aquí la crisis está afectando menos, decían que en parte por tener un sistema amortiguado por un estado del bienestar fuerte. Era irremediable que llegasemos al tema de la educación. Yo arguía que en España se mira muchas veces a Finlandia por su excelencia educativa, pero era una mirada que pretende más aumentar nuestro complejo de inferioridad que importar soluciones efectivas. Intenté guiar la conversación para corroborar mi tesis de que el problema educativo español es mayormente de inversión pública -desde luego, aquí se invierte un 1 y pico % del PIB en educación, mientras que en Finlandia se acerca al 5 %. Le pregunté que, en sus años de instituto, cuantos alumnos había por clase. “Pues, no creas eh, en mi clase había mucha gente…” (creía ya haber perdido el fundamento de mi tesis pero continuó) “… Eramos yo creo que unos 18 o así.” ¿18 o así, muchos? En España una clase suele tener casi el doble de alumnos.

Claro, conseguir llevar a la mitad el número de alumnos por clase implica, necesariamente, duplicar el presupuesto en educación. Sin embargo aquí recurrimos a la metafísica y la moralina para evadir la cuestión económica: “el problema es la autoridad del profesor”, “el problema es que no hay cultura del esfuerzo”. ¿Pero qué cultura del esfuerzo? Es un fundamento del positivismo moderno que cimenta ideológicamente al sistema que la humanidad se mueve en un vector unidireccional de progreso guiado por un exponencial aumento de la productividad. Y la “productividad”, amigos, significa en toda su rimbombancia polisílaba conseguir más haciendo menos. Tratar de convencer a un chaval de lo contrario, cuando la televisión, los periódicos y la propia familia inculcan ese motus vital productivista que busca maximizar el beneficio/coste es, cuanto menos, un acto de autoritarismo -precisamente, la otra otra de la solución que propone nuestra pobre clase intelectual.

Esta chica comentaba también que le había gustado mucho el sistema educativo holandés en su experiencia universitaria, al contrario del español, que era el peor de los que había probado, precisamente por ese dueto esfuerzo+autoridad que lo sustenta: “te pasas todo el día en clase, luego por la tarde haciendo trabajos, y no tienes tiempo para nada”. Esta visión es justo la que me traigo de mi tierra; la universidad se esfuerza en controlar con arbitrariedad el tiempo del alumno con el extraño miedo a que el alumno dedique su tiempo libre a ejercer el mal. Método que sólo consiguen infantilizar aun más a nuestra juventud y, por supuesto, dificultar su aprendizaje, que requiere reflexión, interés personal y vocación, triplete que muere entre el estrés y el autoritarismo arbitrario de catedráticos acrecentados por años de adulación. Otro factor que influye en el infantilismo de nuestra juventud es la tardía emancipación de la chavalería. Aquí en Finlandia no es normal que los padres te paguen los estudios, sino que la educación universitaria es gratuita, y todo el mundo tiene el derecho a recibir 400 y pico euros al mes anuales para estudiar -beca que pierdes si no apruebas suficientes asignaturas, para evitar el abuso. Aún así muchos trabajan también, ya que el país es muy caro y los sueldos más básicos, me decía, casi llegan a los 2000 € al mes. Contrasta con España, dónde muchos padres padres sustentan la rutina de suspensos y fiesta de sus hijos, incapaces de abandonar el nido. Aún así, dicen, los liberales están aprovechando el falazmente conocido como “Proceso de Convergencia Europea” no para mejorar pedagógicamente el sistema educativo sino para incluir la financiación privada como sustento de las universidades públicas, algo hasta ahora inconcebible por aquí. ¡Como en España! Al final el Plan Bolonia si va a servir para converger, para converger a la mierda.

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Cambiemos de tema para quienes no han venido a oir un panfleto: en la ventana del tren el paisaje es precioso, con altos pinos verdes y suelo de yerba tupida. El cielo está nublado aunque se otean en él huecos de azul luminoso. Mi visita a Helsinki ha sido fugaz y a penas he podido ver de lejos el edificio del parlamento y la plaza que hay junto a la estación “que no tiene edificios antiguos, al menos tan antiguos como los que hay al sur de europa”, palabras de Tiina. También nos hemos pasado a saludar a unos amigos Canadienses que se iban en un rato y había que despedirse. Uno de ellos estaba a punto de terminar un doctorado en anarquismo y había hecho un poético documental sobre los brigadistas canadienses que lucharon en la guerra civil española.

{ Escrito el 2/8/09 sobre las 12 de la mañana en un tren de Helsinki a Turku. }

Me encuentro a miles de metros de altura sobre algún punto del sub-espacio esférico que se comprende entre Munich y Helsinki; aturdido por los gritos de niños Finlandeses con vocacion de Españoles (por lo estrépito) y saboreando los ultimos tragos de una cerveza alemana. Y es que parece ser que pedir una cerveza es la única forma de conseguir en un avión algo más que unas cuentas gotitas de líquido -vamos, que te pongan un tercio. Iba a añadir aquí que la cerveza en un avión es el fluido con mejor relación calidad/precio para darme cuenta de que su valor calidad/precio sería incalculabe o infinito según nuestra ortodoxia matemática. Y es que el 0 no es sino un punto de singularidad para la función cociente de; lo que nos lleva a la estremecedora (aunque no sorprendente) conclusión de que la gratuidad o, más aún, la generosidad, el coste sin beneficio, la transacción unidireccional, son incomprensibles para los modelos funcionalistas con los que el capitalismo describe y cuantifica nuestras vidas. Otra interpretación menos catártica del hecho puede entenderlo como la analogía matemática del colorario popular “a caballo regalao, no le mires el diente”, usted elija.

Pero alejándonos, aunque no tanto, de estas disgresiones politico-matemáticas, volvamos a la conexión no deseada entre el título del blog y los acontecimientos de hoy. Anoche tuve el placer de tomarme las dos últimas copas en suelo español con mi primo, en una apacible terraza de la zona rica de Madrid. Discurrimos un buen rato sobre los problemas mundiales, en los que mi primo, que estudia oposiciones para diplomático, no dudaba en exhibir sus dotes para su profesión: por un lado, cautelosa equidistancia entre las partes de los conflictos internacionales y, por otro, numerosos detalles en el saber de la geo-política-social global actual. La frase la resalto porque la pronunció mi primo en la conversación y, si bien es un lugar común en el imaginario colectivo del rojerío con el que suelo arrejuntarme, uno no espera oirla dónde a 200 metros cobran 25€ la copa y el dinero sirve primero para ensuciar pero después limpiar la conciencia.

Y también la frase se conecta con mis vivencias de hoy, porque la avaricia de unos me ha propiciado un buen susto. Estaba esperando para facturar las maletas, pacientemente, en la cola. En realidad la facturación se realizaba en una máquina y después había que esperar la cola para entregar las maletas. La cola era larga y ahí la vileza del dinero ya mostraba su cara negra: los dos mostradores de Lufthansa que estaban abiertos eran restringidos para bussines class, lo que no signifcaba que no pudiesemos entregar los de economy, sino que si aparecía alguien por la cola bussines (lo que ocurría a menudo) éste se colaba automáticamente, por el privilegio que le otorgaba el sacrosanto ejercicio de pagar más. El caso, que me disperso, es que la susodicha máquina del check-in me había dado lo que parecía una sola tarjeta de embarque, cuando debería haberme dado dos, ya que hacía escala en Munich para llegar a Helsinki. Pensé en esperar a llegar al mostrador de entrega de maletas para resolver esta vicisitud, pero menos mal que pregunté a una trabajadora de Lufthansa que cruzaba por la cola…

Resulta que había entrado en “Lista de espera”, porque había overbooking -”sobreventa” decía ella, lo que no se si debo agradecer por no usar el anglicismo o si en realidad suena a eufemismo. Por fortuna, justo en el momento en que me atendió había plazas, fin del problema. Pero me enteré mientras la mujer hablaba por teléfono entre que me atendía y no, que por lo visto hasta el martes todos los vuelos de Lufthansa tenían overbooking (perdón, sobre-venta). Y yo me pregunto, ¿como se puede ser tan hijo de la gran puta? La gente se deja un pastizal en comprar un billete del que probablemente dependan bastantes compromisos personales y vitales y esta gentuza prefiere intentar aprovechar alguna fortuita venta de más que arregle algún cambio de última hora y de paso sea más cara, por aquello de que la previsión en estos temas suele salir más barata. Y es que los aeropuertos son estupendos para tocarle a uno los cojones, minutos más tarde me hicieron deshacer la mochila del ordenador (varias veces) en el control de seguridad porque a la nada amable segurata de turnos le parecía que mi tableta digitalizadora ocultaba algún tipo de explosivo extraño. En aquellos momentos realmente deseaba tenerlos de verdad.

Pero al final de la historia aquí estoy, a salvo del hombre envilecido por el dinero, camino a la esperada Finlandia, en busca la singularidad. Y agraciado también por la singularidad, en el sentido que le daba al principio del artículo, ya que una hospitalaria finesa que conocí en Granada mientras ella disfrutaba de su Erasmus para estudiar sociología me a ofrecido dormir en su casa, lo que me ahorrará la putada de pasar la noche en el aeropuerto.

Buenas noches, que aterrizamos.

Cabalgando el aire hasta Finlandia

Cabalgando el aire hasta Finlandia


{ Escrito el 1/8/09 en un avión de Munich a Helsinki sobre las 9 de la noche.

PD: Por lo visto el padre de los niños jaleosos es español, que le he escuchado hablando al bajar del avión. Ya decía yo que tanta estridencia tenía que tener genes latinos.

PD’: Mi compañero de vuelo, nada más aterrizar, ha hecho una conexión SSH a una máquina (probablemente con GNU/Linux) dónde tenía abierto el IRSII. ¿Simple casualidad, o esta es realmente una tierra de frikis? }

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