Ando leyendo El guardian entre el centeno mientras vuelvo en tren a Huelva, desde Granada. Me excusé con que tenía que echar unos papeles post-Erasmus para venir a Granada un par de días a despedirme de una amiga. Al final me he reliado aquí más de una semana entre fiestas: “¡Mañana nos pegamos una buena después de mi exámen!”, te dice uno, y luego el otro y el siguiente. Granada es una locura de ciudad y estoy convencido de que sería uno de los mejores sitios de Europa para irse de Erasmus. No sólo por la fiesta: la cultura, la estética, la mezcolanza…
En fin, fue esa amiga a la que iba a visitar quien me ha regalado el libro y me lo estoy bebiendo –lo había leido hace muchos años y no recordaba lo genial que era. Es precioso además cuando una mujer te regale un libro, especialmente si le gusta mucho. Al leer ese libro en un espacio tranquilo, como en la tarde que pasé el otro día sentado en el balcón flotando sobre los tejados de Granada, se manifiesta no sólo la significación para el autor y para el lector, sino la significación para ella imaginada por el lector, en una auténtica orgía semántica. También, al final, puede ser que esta atracción por los libros regalados por mujeres sea algo más estético que intelectual, o por un esteticismo intelectualoide, que es peor aún, pero no me digan que no es excitante. El caso es que en la página 132 del Guardian entre el centeno, Holden dice algo sobre Colón, Isabel y Fernando, y me he acordado de una anécdota estúpida que no querría que se me olvidase.
Era una tarde tarde en Turku que andaba con Frank y Alessander, dos camaradas de la Âbo Gröna Vänster –de la que ya os hablaré otro día, tal vez. Creo que era un día a finales de mayo o principios de junio que hacía muy buen tiempo; habíamos quedado para hacer una reunión al aire libre y cuando nos dispersamos Frank y Alex nos quedamos pendoleando por allí. Compramos cerveza y me costó convencerles de hacerlo al estilo español.
En Finlandia no existen las litronas, bajo el pretexto de que si uno se bebiera un litro de cerveza, casi la mitad estaría ya caliente y sin fuerza cuando la tragase. Les resulta imposible concebir que una litrona debe ser compartida y que pasará de mano en mano; que cada cual que se acerque a le reunión puede que traiga una, dos o ninguna y en general no se harán miramientos por quien paga o bebe más o menos. Ellos prefieren que cada cual se pague lo que bebe y asi el que quiera beber mucho o poco o una cosa u otra lo hace a su guasa. Es curioso, aunque sospecho que no del todo contradictorio, porque a nivel político los fineses son todo lo contrario: el estado del bienestar se encarga de todo. Mientras, a nivel personal tienen una concepción del individuo muy fuerte, pero no es un individualismo egoista, sino que ensalzan la independencia y el respeto por el mundo interior de cada uno. Es una concepción del individualismo cultural y no económica: se centra en que cada persona pueda viva sin coacciones e independiente, no en la idea de un derecho inalienable al enriquecimento. Es por eso, hipotizo, que cuidan más porque haya más servicios públicos y leyes más solidarias para que creen oportunidades para tódos y evitar que el débil no pueda realizarse como persona en un sentido completo y digno. Lo se, soy un pelota de los fineses y no es todo tan idílico, pero ya están ellos para quejarse de su país y en terminos relativos con España, impresiona su estado social y su honestidad a nivel personal.
Aún así, ahora Karhu –mi cerveza finesa favorita— ha sacado latas de un litro que, a fin de cuentas, podían ser usadas como litronas, y son más baratas que las latas de 33cl que salen a casi 1€ cada una en el supermercado. Convencido de que del intercambio cultural puede emerger progreso social, les insté a compartir en lo pequeño también, al igual que trataría de que mis compatriotas compartan en lo grande. Compramos un par de super-latas para los tres y nos fuimos a sentar junto a la preciosa vera del río Aura, que por esas fechas está bordeado de hierba intensamente verde y flores de colores cálidos.
Debatimos un rato sobre temas probablemente interesantes hasta que nos hacercó un tipo. No tenía demasiada mala facha y hablaba con cierto puntillo de lucidez pero tenía el aliento etílico perdido y pronto se daba cuenta uno de que le contestaba concentrarse en las cosas. A penas se ven indigentes en Turku, pero alcohólicos un rato y este daba el perfil.
Primero el hombre no paraba de intentar conseguir que hablara Alex. El tipo no sabía inglés así que sobre todo Frank estaba haciendo de traductor de finés, pero él se empeñaba a veces en que hablara Alex en su lugar. Alex es muy tímido y en seguida le sudan las manos y se pone rojo al hablar, pero es muy sensible, creativo e inteligente y es muy agradable conversar con él. Le gusta la mucho la poesía y tiene ese ramalazo poeta por la apreciación estética de lo concreto, absurdo y tangencial. Así que a pesar de estar callado, realmente estaba fascinado con las locuras del hombre y sus puntos de vista dispersos y superficialmente contradictorios. De alguna forma creo que el borracho también le había calado a la primera y era muy fascinante ver a esas dos almas descubrirse mutuamente en unos códigos tan inusuales. Hace tiempo que en las noches de verano en Huelva, ciudad bastante psiquiátrica, aprendí también a apreciar e incluso admirar las conversaciones con los locos y al final estabamos todos bastante emocionados.
No recuerdo muy bien el objeto de la conversación, pero sí que el tipo se excitó enormemente cuando comprendió que yo era Español. No paró de reverenciarme e incluso me nombró rey de españa y me pidió la bendición o algo así. Lo más humillante es que no paró de alabar el descubrimiento de América. ¡Si América la descubrió un italiano y los españoles nos dedicamos nada más que a robarle el oro a los indios mientras les dábamos coscorrones con la biblia, por favor!. Yo intentaba explicarselo, pero no había manera. La verdad es que en aquel momento me pareció gracioso, y el tipo me dio a beber de su bebida, una variedad azul de estos vodkas fineses de sabores que aún no había probado. Acabé jugando a ser rey y dándole mi bendición a cambio. (Pero no deja de ser vergonzoso cada vez que te atribuyen la honra de logros ajenos con la excusa de pertenecer a cierta misma categoría arbitraria. Anda que no me han porculeado con lo de “Congratulations for the world cup”. Así de repente parece que soy mejor persona, madre mía.)
Aunque a parte de esta tontería no recuerdo mucho más de la conversación, estuvimos con el tipo hasta que nos fuimos del sitio.
Y al final, la fascinación esquizofrénica de aquel errante anónimo por el otrora imperio de España y la locura del personaje del libro que alguien tuvo la locura de regalarme, han conseguido devolverme la imagen de aquella colorida vera en aquella relajada tarde entre amigos. Es gracioso, ¿no fue precisamente ese Eramus de Rotterdam quien escribió aquello del Elogio a la Locura? Se me hace difícil creer que sea casual que esta beca nos vuelva un poco locos, aunque para bien.
{ Escrito el 11-9-10 a las 21.04 en el tren de Sevilla a Huelva. Efectivamente, ya volví de Finlandia, y mis promesas de más y más historias en el blog han demostrado ser más falsas que los billetes de 7 euros. Además, me he dado cuenta de que cada vez me da más vergüenza publicar cosas en Internet, así que no tengáis mucha fe en este blog. Aun así, intentaré darle algo de vida y contar más historias de lo que pasó este año.
La imágen de la Karhu está sacada de aquí.
El video, por cierto, es de “Alamaailman Vasarat” que viene a significar “Los martillos del Inframundo”. Califican sus sonidos como “música folk de un país imaginario”. Que locura, eh.}




